
En su próxima estancia en Córdoba les propongo que se acerquen a la esencia de España. Más allá de los lugares archiconocidos, y que no deben perderse, como las obligadas visitas a la Catedral, al Alcázar de los Reyes Cristianos, al Puente Romano, entre otras, existe un punto que suele pasar desapercibido entre los touroperadores y guías turísticos.
Me refiero a la callejuela de Los Arquillos, en la confluencia de la calle Cabezas, nombre este último que evoca el origen de la vía y una antigua leyenda medieval, transmitida por juglares castellanos: el cantar épico de los Siete Infantes de Lara, cuyas cabezas y la de su ayo, Muño Sabido, fueron expuestas en ese lugar, en el año 974.
España es el producto sintético de diversas corrientes existenciales y no puede entenderse -pese a que muchos se empeñen en mostrarnos una idílica tercera vía- sin confrontación, como la que estuvo presente durante el período de Reconquista entre cristianos y musulmanes. Confrontación que alumbra los cantares épicos españoles en general y el de los Infantes de Lara en particular.
El trasfondo histórico
Como todo cantar épico, el de los Siete Infantes, tiene un componente de verdad histórica y otro de exagerada fábula, resultado de innumerables transmisiones orales que amplificaron los datos de la Leyenda. Según ésta los brazos de los infantes eran mortíferas máquinas capaces de segar la vida a cientos de moros en cada rotación de espada, y los propios infantes semidioses que podían enfrentarse, ellos solos, a ejércitos multitudinarios de musulmanes y salir airosos en todas las batallas.
Los infantes eran hijos de Gonzalo Gustioz, Señor de Salas, un señorío situado en la provincia de Burgos, que en la actualidad, a consecuencia de la epopeya castellana, se vino a llamar Salas de los Infantes. Adiestrados en las artes de la caballería desde niños por su maestro Muño Sabido conforman, junto al ayo, ese número mágico -el ocho- al que los ocultistas atribuyen facultades mágicas.
Como tantos hombres de armas del siglo X, los infantes practicaron el arte de la guerra en el mejor escenario posible para un soldado medieval, la Reconquista, que en ese siglo se encontraba en su punto álgido.
La venganza como motor de la historia
La historia de los infantes tiene en la venganza el motivo de inicio y la razón de su desenlace. En las bodas de Ruy Velázquez -tío de los Infantes- y Doña Lambra, un primo de ésta muere a manos de Gonzalo González, uno de los infantes, encendiendo en la novia una duradera sed de venganza que no se saciará hasta que su esposo, Ruy Velázquez, urde un plan para destruir toda la Casa de Salas.
Velázquez envía al padre de los infantes, Gonzalo Gustioz, a la Córdoba de Almanzor con una carta. En ella se decía en árabe -lengua que desconocía Gonzalo- que debía matarse a su portador. Este sencillo plan fracasa en un primer momento. Almanzor se apiada del traicionado Gonzalo y se limita a apresarlo. Tanto le conmueve el sufrimiento del cautivo que dispone que una de sus hermanas le alivie. De esa coyunda nacería Mudarra.
Muerte y decapitación de los infantes

Mientras todo esto sucede en Córdoba, Ruy Velázquez pacta una celada con jerarcas musulmanes para castigar a sus sobrinos, los infantes. Cuando estos salían, como de costumbre, a lidiar sus batallas, las tropas musulmanes advertidas por Ruy Velázquez sorprenden a los infantes, que son capturados. Decapitados, las cabezas -y las de su ayo Muño Sabido- son enviadas a Córdoba para ser expuestas a la muchedumbre.
Después de la dolorosa experiencia de ver las cabezas de sus hijos, Gonzalo Gustioz es liberado, llevándose de Córdoba la noticia del embarazo de su amante. Años más tarde, el hijo Mudarra culminará el círculo de la venganza y matará en duelo a Ruy Velázquez. Gonzalo Gustioz, anciano y ciego, recobrará milagrosamente la vista al tiempo que se reúne con su único hijo vivo.
Para verdaderos viajeros
Desde mis años de estudiante en Córdoba, siempre me entusiasmó el recorrido por la ciudad bajomedieval, empezando por los enclaves atestados de turistas -el barrio de la Catedral en general- y terminando por esos sitios pintorescos que nadie conoce. Una tarde, después de haber leído Del Derecho Natural de los Héroes al de los Hombres (Fernández-Escalante), libro que relacionaba la Leyenda de los Infantes con las epopeyas germánicas, me lancé a la búsqueda de la calle Cabezas, donde, según la tradición popular, estuvieron expuestas las ocho testas. Tras ardua exploración, me la topé de pronto.
Es una de esas calles cordobesas estrechas, por donde apenas puede circular un turismo. A cada lado se suceden decadentes casas señoriales, destacando el Torreón medieval de los Marqueses del Carpio o la casa de los Condes de Zamora de Riofrío, algunas muy deterioradas. Contrastan con viejas viviendas, de vecinos que deambulan en bata por las mañanas, que dejan entrever modestos patios de interior con macetas.
A lo largo de la calle, callejuelas aún más angostas se conectan perpendicularmente. Una de ellas es la llamada calleja de los Arquillos, donde justamente, según esa Leyenda, estuvo preso Gonzalo Gustioz y se mostraron al público las cabezas de sus hijos.
Soñar es gratis, vivir un leyenda también
A la izquierda de la entrada de la calle de los Arquillos, en su confluencia con la calle Cabezas, se colocó una placa de mármol con texto atribuido a Menéndez Pidal:
“Dos insignes historiadores cordobeses, Aben Hayan, Ambrosio de Morales, y un cantar de gesta castellano nos dicen que en el año 974 en esta casa estuvo preso el señor de Salas Gonzalo Gustioz y que las cabezas de sus hijos los siete infantes de Lara, muertos en los campos de Soria, fueron expuestas sobre estos arcos. Verdad y leyenda venerable, de fama multisecular en toda España”
La esencia de España
¿No les parece que este viaje más que cultural o turístico es iniciático? Cristianos, musulmanes, comprensibles sentimientos de venganza, guerra existencial, colisión de civilizaciones, piedad caballeresca hacia el enemigo, traición y un final, a modo de síntesis, encarnado en Mudarra. El hijo de una musulmana protagonizando el desenlace de una epopeya germánica, y por ende, profundamente europea. No se pierdan este viaje tan sencillo; a lo mejor les cambia la vida.

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