El 29 de septiembre, el jefe de la delegación negociadora turca ante la Unión Europea, Egemen Bağış, propuso la celebración de un referendum en los países miembros a fin de que se pronunciasen sobre la adhesión de Turquía a la UE. Bağış aboga por que esta consulta popular se celebre una vez que su país haya cumplido con las condiciones de ingreso.
La propuesta de Bağış es a la vez inocente y endiablada. Turquía se ha enfrentado durante más de medio siglo a la tibieza de las organizaciones europeas en lo que respecta a su europeidad. Se la ha admitido allí donde su presencia no podía arriesgar el proyecto europeo, pero se rechaza su pretensión de entrar en la UE, la verdadera organización política europea.
Turquía, país europeo según para qué cosas
En calidad de país europeo, Turquía fue admitida en diversas organizaciones: e la OTAN (1952), la OCDE (1961) y la OSCE (1973). Turquía ingresó en el Consejo de Europa en 1949, mucho antes que otros países cuya europeidad es pacífica, como Islandia (1950), Alemania (1950), Austria (1956), Portugal (1976), España (1977) o Finlandia (1989).
Turquía forma parte de ese grupo de países “europeos” a los que necesariamente hay que entrecomillar, al que pocos asociarían, por ignorancia o por sobradas razones, a la expansiva tradición cultural europea.
Dentro de ese grupo debemos incluir a las repúblicas transcaucásicas, también miembros del Consejo de Europa, a las que muchos libros de geografía y enciclopedias situán en Asia. Georgia, Azerbaijan y Armenia constituyen un trébol de difícil ubicación en los mapas geopolíticos europeos.
Hacia la Unión Europea, contra viento y marea
En abril de 1987 Turquía presentó su candidatura a la Unión Europea, pero no es hasta diciembre de 1999 cuando el Consejo Europeo la acepta. En 2005 se inician las negociaciones que avanzan lentamente, no sólo por la dificultad de adaptarse a los distintos capítulos del acervo comunitario sino también porque enfrente de las negociaciones se sitúan acérrimos enemigos como Grecia y Chipre y países que abiertamente se han manifestado en contra de las aspiraciones turcas.
Es preocupante para Turquía que líderes de miembros nucleares de la Unión, como Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, se hayan posicionado en contra de la adhesión turca, siendo partidarios de la concesión de un estatuto privilegiado, pero sin alcanzar la condición de Estado miembro.
Es significativo que quien fuera Primer Ministro Belga, Herman van Rompuy, contrario desde este cargo a la incorpación de Turquía, fuera nombrado Presidente del Consejo Europeo en 2010. Las posiciones de Merkel, Sarkozy y Van Rompuy no son más que manifestaciones políticamente correctas de lo que piensa un amplio sector de la sociedad europea.
Turquía, el eterno problema con quien nadie quiere enfrentarse
Una simple lectura de los hechos nos diría que Turquía es ese agregado a reuniones sociales a quien nadie soporta, que no capta las indirectas que les lanzan los demás invitados y se queda en la fiesta hasta apurar la última copa. Pero lo cierto es que, aunque nadie soporte a un amigo tan peculiar, nadie quiere tenerlo en una fiesta distinta.
Por lo mismo que asusta su adhesión, asusta su espantada. Turquía sería el sería el país más extenso de la Unión, con la población más numerosa después de Alemania y con un crecimiento demográfico que la situaría en pocos años en la primera posición. De no estar en la UE, ¿imaginan todo ese potencial en manos enemigas?
Sería paradójico que un país tan alejado culturalmente del corazón europeo acaparase el mayor número de sufragios en las elecciones europeas, de escaños en el Parlamento Europeo y de puestos en cada una de las Instituciones y Órganos Auxiliares de la UE. Y todo ello en el marco de una escalada del integrismo islámico que afecta especialmente al aspirante, cuyos ciudadanos profesan mayoritariamente la religión islámica.
Reférendum endiablado
La idea del refendum propuesta por Bağış obligaría a los gobernantes europeos a coger el toro por los cuernos. Someter a consulta la adhesión turca forzaría a todos -incluyendo a Turquía- a enfrentarse con la realidad. Aun cuando Turquía superase todas las condiciones de acceso, lo que ocurriría dentro de muchos años, ¿cambiaría la posición de los ciudadanos europeos respecto la adhesión turca? ¿no serían tan reacios a compartir casa con ciudadanos culturalmente tan distintos, con más de 70 millones de musulmanes?
Si Turquía cumpliera con los requisitos de adhesión, dejarían de hablar los gobernantes, que ya no tendrían ningún pretexto para obstaculizar su entrada en la Unión. Sería el turno de los ciudadanos y aflorarían todos esos conceptos que hasta ahora han sido cuidadosamente apartados de la opinión pública: diferencia, realidad, conveniencia o, aún peor, racismo, xenofobia o colisión de civilizaciones.
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