
Resulta una tarea inabordable desmontar a un mito; por eso yo nunca lo pretenderé. Todo mito tiene un componente cuasi divino al que es difícil acercarse, especialmente si esa divinidad viene conferida por normas jurídicas, como es el caso de Infante y el Estatuto de Autonomía de la Comunidad Andaluza.
El 14 de abril de 1983, el Parlamento de Andalucía aprobó una proposición no de ley que beatificó a Blas Infante con estas palabras:
«La Historia ha reconocido la figura de Blas Infante como Padre de la Patria Andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del autogobiemo que hoy representa el Estatuto de Autonomía para Andalucía. Blas Infante, con las Juntas Liberalistas que él creara, se coloca en la vanguardia del andalucismo al luchar incansablemente por recuperar la identidad del pueblo andaluz; por conseguir una Andalucía libre y solidaria en el marco irrenunciable de la unidad de los pueblos de España; por reivindicar el derecho de todos los andaluces a la autonomía y a la posibilidad de decidir su futuro». (D.S.P.A. n 24, de 14 de abril de 1983)
La beatificación se convierte en canonización en el Estatuto de Autonomía de Andalucía de 2007 que consagra a Blas Infante como Padre de la Patria Andaluza en el preámbulo de una norma de máximo rango.
La figura de Blas Infante reviste unos caracteres realmente peculiares, pues ha sido vampirizada por unos y por otros. Desde el Partido Andalucista, que se dice sucesor de Infante, hasta partidos de ámbito nacional como el PSOE, que lo ha elevado a los altares por vía de diversas normas y del propio Estatuto de Autonomía. El paraguas de Blas Infante acoge hasta partidos, formaciones y organizaciones filoislámicas, como Yama’a Islámica, que pretenden la independencia de Andalucía y su rendención por medio del Islam. Por su parte, la derecha, ha asumido la paternidad de Blas Infante, consciente de que el transcurso de los años ha convertido en inofensivo al de Casares, y que poco o nada de puede pagar o exigir por dicho reconocimiento, cuando las aguas ya corren mansas, y el Padre de la Patria se ha perdido en la nebulosa del recuerdo y entre unas líneas neutras de algunos libros de textos que los escolares repiten como el catecismo: sin saber ni comprender.

Probablemente estas líneas no hubieran existido si, hace unos meses, Aleix Vidal Quadras, del Partido Popular no hubiera dicho, en un programa radiofónico, que Blas Infante era «un cretino integral». Y si yo no fuera tan andaluz como Blas Infante. Y si mis padres no hubieran sido tan andaluces como Blas Infante. Tampoco contuvieron mis impulsos el que Federico Jiménez Losantos y César Vidal, desde la COPE, hablaran mal del Padre de la Patria Andaluza. Ni que el Ayuntamiento de Casares, ciudad natal de Infante, hubiera tomado cartas en el asunto, excomulgando a Vidal Quadras o, como se dice ahora, declarándolo persona non grata, por haber ensuciado la inmaculada imagen del Pater. Ya se sabe que cuando hablamos de santos no se cometen injurias sino blasfemias y cualquier posición contraria a la doctrina oficial se considera una irreverencia.
A riesgo de parecer blasfemo e irreverente me gustaría hacer algunos comentarios sobre el Padre. No creo que Ayuntamiento de Casares se digne acordarse de mi humilde persona y me coloque en su lista negra.
Tal vez porque yo siempre estudié en colegios públicos de la Andalucía rural y latifundista, la figura de Blas Infante me fue presentada siendo yo todavía un niño. No con ánimo de confrontación ni como símbolo de reivindicación de nada. Era como cuando te hablan de un santo y te lo describen con un halo misterioso e impenetrable. Un hombre que luchó por los derechos del pueblo andaluz, de los campesinos y desheredados que, al fin y al cabo, habitaban por doquier en la Andalucía subdesarrollada de los albores de la contienda bélica. Te lo mostraban en el fanal sin que pudieras tocar el interior ni levantar el cristal que lo envolvía, porque se podía romper. Sin duda, los profesores que me mostraron al Pater se contenían. Era notorio que muchos de ellos pertenecían partidos políticos de izquierda y tomaban parte, como candidatos, en elecciones municipales y en otras de mayor rango. No convenía, en vísperas de la aprobación del Estatuto de Autonomía, que pretendía ser conciliador entre las Andalucías, abrir la caja de Pandora, mostrando, con toda crudeza, un hombre cuya obra presenta tantos claros y sombras. En aquel momento, no recuerdo que nadie me hablara de esos elementos pintorescos que acompañan a la figura de Blas Infante y que son enarbolados por las posiciones andalucistas más retrogradas. Su presunto filoislamismo, su supuesta conversión al Islam, su particular visión del mundo, reductora al Islam y completamente orientalista, que despreciaba a Occidente o se limitaba a asumirlo como un mal necesario o una imposición producto de la conquista Castellana.
Su doctrina se basaba en puntos muy discutibles. La elevación de la cultura islámica por encima del sustrato anterior (tartésico, romano, visigodo, cristiano altomedieval) y del elemento posterior (la reconquista castellana, la repoblación y la recuperación de la cultura occidental). Por un lado, Infante, pretendía, en el seno de una España convulsa, la conquista de derechos humanos y políticos para muchos andaluces y, por otro, abrazaba culturas orientales o norteafricanas donde tales derechos estaban negados por entonces y lo siguen estando en nuestro días.

Si bien es presentado en muchas biografías como historiador y antropólogo, su objetividad en estos terrenos queda ensobrecida por una parcialidad impropia de un científico. Aun partiendo de la existencia de ese sustrato oriental al que él se acoge inopinadamente, aunar las distintas provincias andaluzas en pos de ese criterio resulta insostenible. Comparar Córdoba con Granada, o Sevilla con Málaga, teniendo en cuenta, insisto, esos elementos que él eleva sobre cualquier otro, arroja saldos muy desfavorables a sus posiciones. Córdoba fue reconquistada en 1236 y poco después Sevilla, en 1248, casi a la par que otras zonas peninsulares más septentrionales, como Valencia (1238), Alicante (1248), Murcia (1243), Palma (1229) y no mucho después de Zaragoza (1118), Cuenca (1177) o Lérida (1149). Si ese sustrato islámico, presente en toda la Península Ibérica, fuera un elemento tan diferenciador, haría que un cordobés o sevillano se sintiera distinto de un malagueño y un granadino, pues sus provincias fueran reconquistadas más de dos siglos después y la huella islámica habría pervivido por más tiempo.
Si Blas Infante hubiera sido historiador se habría basado en hechos, fueran buenos, malos, bondadosos o execrables y luego habría producido conclusiones. No al revés. Infante parece olvidar que en España, tras la Reconquista, hubo una subsiguiente repoblación, que en Andalucía, por razones obvias, fue acometida principalmante por castellanos y leoneses; una forzada huida de musulmanes y una definitiva expulsión de los moriscos, que como ustedes saben, eran musulmanes convertidos obligatoriamente al cristiniamismo. Para el insigne historiador, Claudio Sánchez Albornoz, la mayor parte de los musulmanes andalusíes eran hispano-romano-visigodos (la población previa a la invasión islámica) convertidos al Islam pues el elemento oriental o norteafricano después del 711 fue minoritario. Por lo que deducimos que esos moriscos eran mayoritariamente hispano-romano-visigodos convertidos al Islam (por convicción o conveniencia) y reconvertidos obligatoriamente, tras la finalización de la Reconquista, al cristianismo. Andalucía es una poderosa centrifugadora de hechos históricos, que cofunde muchas mentes. El resultado de ese proceso es una Andalucía occidental, quiera o no quiera Blas Infante.
Es precisamente esta confusión de ideas, que Blas Infante mezcla con absoluta inocencia, la que permite que su obra sea aclamada desde cualquier punto de vista y utilizada por unos y por otros, para cualquier propósito, por delirante que sea. Así, por partidos nacionales (PSOE vivamente, y PP por anuencia tácita) se le ha reconocido la paternidad de la Patria Andaluza en el preámbulo del Estatuto de Andalucía; por el Partido Andalucista, que se considera continuador de la obra de Infante, pues llega a sus mismas conclusiones (vid. página web del partido, que encabeza una fotografía del Pater); por organizaciones filoislámicas independentistas como Liberación Andaluza, partido formado por militantes del Sindicato Andaluz y de Yama’a Islámica de Al-Andalus, cuyos dirigentes son conversos al Islam; o por organizaciones secesionistas laicas y de izquierdas, como Nación Andaluza, partido político que aspira a creación de una República Andaluza de Trabajadores por medio de una Revolución y de un reparto equitativo de la riqueza, pues según afirman, eso era lo que «Blas Infante perseguía y pretendía. Aquello por lo que dio su vida.» (vid. página web del partido).
Y es que la vida y obra de Blas Infante ha dado para alimentar a muchas mentes y para sonrojar a otras. Sin ir más lejos, su supuesta conversión al Islam. Digo supuesta porque este episodio de su vida ha sido borrado de la memoria colectiva por los moderados y ensalzado por los filoislámistas andaluces. Parece ser que durante una peregrinación a Agmhat, cerca de Marrakech, al encuentro de la tumba de Al-Mutamid, último rey moro de Sevilla, Infante se convertiría al Islam en 1924. Según Muhammed Ali Cherif Kettani, en su libro «El resurgimiento del Islam en Al-Andalus» (1), la ceremonia de la Shahada tiene lugar en una pequeña mezquita de Agmhat ante dos descendientes de moriscos, llamados Omar Dukali y Beni-Al-Ahmar. Sea o no cierto este episodio, es evidente que Infante tuvo una enorme y creciente simpatía por el Islam hasta el punto de hacerse construir su residencia en Coria del Río a la usanza norteafricana y llamarla Dar al Farah (La casa de la alegría) (2).
Quiero precisar, que el hecho de convertirse a una religión, sea la musulmana, la hinduista o la cristiana no es en modo alguno vergonzoso si es un acto que proviene de la convicción intelectual y no de la conveniencia, la coacción o el delirio. Si fuera cierto el hecho relatado, sería sonrojante por dos razones: 1ª) Porque sería un hecho que habría sido ocultado interesadamente por quienes conocían su realidad o por quienes no les convenía su revelación para no asociar a la figura de Blas Infante los signos del fanatismo; 2ª) Porque sería tremendamente paradójico, que el Padre de una Andalucía Laica, que vota mayoritariamente a opciones políticas de izquierdas, cuya población, en su mayoría, es cristiana o agnóstica, tuviera a Blas Infante, un musulmán converso, como precursor; una Andalucía que rechaza la poligamia, proclama la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y donde las personas del mismo sexo pueden contraer matrimonio entre sí, sin ser sometidos a tortura, prisión o pena capital.
Hemos de reconocer en Blas Infante rasgos meritorios. Una visión romántica de las cosas que le hace emprender aventuras quijotescas en la convulsa España de la II República y sus años previos; que le hace arriesgar su vida tranquila de notario, y ponerse el uniforme romántico de Lord Byron; que no se desanimaba pese al escaso apoyo de sus posiciones políticas: ni fueron secundadas entonces ni lo son ahora, nunca obtuvo un solo escaño. Pero la mayor conquista de Infante, por la que merece ser llamado Padre de la Patria Andaluza, es haber creado (o, al menos, impulsado notablemente), el concepto de Victimismo Andaluz. La obra de Infante está plagada de quejas, recriminaciones y la permanente exigencia de una rendición de cuentas a los conquistadores castellanos. El dibujo de una Andalucía saqueada y ultrajada. Ese concepto ha sido esgrimido (y lo sigue siendo) por los políticos andaluces actuales en forma de reivindicación de subvenciones, subsidios y la interminable negociación de la trasnochada «deuda histórica» , poniendo encima de la mesa, implícita o explicitamente, ese ultraje imprescriptible. Victimismo que ha servido para justificar la indolencia andaluza y una pasividad ancestral, aguardando siempre a que la Montaña viniese a Mahoma. Afortunadamente, la sociedad andaluza va muy por delante de sus dirigentes y hace años que emprendió la huida de esas «prisiones de larga duración» de las que hablaba Fernand Braudel.
Comparar la obra de Blas Infante con la de un verdadero historiador, acabaría dando la razón a Vidal Quadras. Me limitaré a citar a Claudio Sánchez Albornoz, tan republicano como Infante y tan exiliado como pudo haberlo estado él de no haber sido asesinado. Sánchez Albornoz, autor de España y el Islam, España: un enigma histórico, El Islam de España y el Occidente y La España musulmana, dice (3):
Olvidan tales exégetas del ayer de Andalucía una realidad histórica innegable. Cuando en 711 los musulmanes conquistaron España por la traición de una facción nobiliaria visigoda en Guadalete y por la ayuda de los judíos, Andalucía tenía más de mil años de magnífica historia cultural prerromana, romana y visigoda. Quedan espléndidas huellas de esas sucesivas civilizaciones, muy en contacto siempre con el Oriente, quedan esas huellas, no obstante la sistématica destrucción por los islamitas de sus milenarias maravillas. Hoy sabemos que destruyeron el fabuloso Templo Heracleo de Cádiz en busca de tesoros (…)
Está probado que el arte hispano-árabe continúa viejas tradiciones andaluzas, incluso son preislámicos el arco de herradura y las bellas yeserías (…)
La Reconquista salvó a Andalucía de ser un piltrafa del Islam y de padecer un régimen social y político archisombrío. Y nada hay más dispar de la libertad ansiada por los andaluces de estos días que la organización de las sociedades y de la vida islámica.
Faltaba a las sociedades hispano-musulmanas y en general a todas las sociedes islámicas, algo que triunfaba en la España cristiana norteña. Una concepción jurídica de las relaciones entre los hombres basada en el respeto a sus propios y recíprocos derechos (…) Las ciudades moras andaluzas nunca soñaron en organizarse en municipios libres como los cristianos españoles y nunca en limitar la autoridad regia (…) La sociedad musulmana de España estaba condenada a la esterilidad como las otras sociedades parejas de Asia y África. Ahí están los pueblos musulmanes que han padecido una larga noche de barbarie y de incultura y han vivido sin gozar de las mínimas libertades. Ahí están los pueblos islámicos que al despertar de sus tinieblas asombran y espantan al mundo occidental.
Algún día dedicaremos unas líneas a desmontar las bondades de la «idílica» Andalucía islámica. Mientras tanto disfrutaré de mi síndrome de Estocolmo, sintiéndome rehén, por los menos 500 años más, de Castilla, de Sánchez-Albornoz, de Menéndez Pidal, y de esos otros malvados conquistadores. En cuanto a los «Hombres de Luz» de los que habla el Himno de Andalucía, con letra, como no, de Blas Infante, espero que sigan perdidos en la noche de los tiempos o, si se prefiere, en las Mil y Una Noches, que viene a ser lo mismo.
Notas:
(1) Citado en YAMA’A ISLÁMICA DE AL-ANDALUS (YIA.LM. “BLAS INFANTE Y EL ISLAM. ANIVERSARIO DE LA SHAHADA DE BLAS INFANTE.” http://www.islamyal-andalus.org/publicaciones/conversos/blas_infante/blas2.htm.
(2) Herrera, Muhammad Ali. “BREVE BIOGRAFÍA DE BLAS INFANTE. Revista Alif Nun..” http://www.libreria-mundoarabe.com/Boletines/n%BA36%20Mar.06/BiografiaBlasInfante.html.
(3) Sánchez-Abornoz, Claudio. “Veleidades islamizantes en Andalucía. Reconquista de la Reconquista. A mis amigos andaluces.” En Postrimerías. Del pasado hacia el futuro. Barcelona: Planeta, 1981.










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