La omnipresencia francesa, pese a la adversidad, queda patente a lo largo de la II Guerra Mundial. Nada importaba que Francia hubiera sucumbido en pocos meses al poderío bélico alemán que barrió la línea Maginot, que el Gobierno de Vichy firmara un armisticio colaboracionista con el invasor, que los propios líderes de la Francia Libre, De Gaulle y Giraud, se devoraran recíprocamente en luchas intestinas, y que la aportación francesa a la contienda fuese insignificante en comparación a la de resto de fuerzas aliadas. Finalmente fue tratada como una nación igualmente vencedora. En la Conferencia de Postdam (1945), Francia no acudió por motivos obvios, pero los aliados comparecientes le hicieron un hueco invisible en las reuniones, compartiendo con ella el pastel de la victoria, poniendo bajo su administración una cuarta parte de nueva República Federal de Alemania.
Contrasta esta facilidad de hacerse oír con la cruzada emprendida por Zapatero para acudir a una conferencia, la de Washington en la que, al contrario que la de Postdam, no se decidirá absolutamente nada. Harry S. Truman acudió a la primera susurrando a los oídos de Stalin que los Estados Unidos habían desarrollado una bomba atómica y que estaba sopesando la posibilidad de lanzarla contra Japón, para precipitar el final de la guerra, y todo ello, mientras los tres líderes (ellos dos más Clement Attlee) trazaban las nuevas fronteras del continente e inauguraban la siniestra guerra fría.
Zapatero quiere salir en la foto pero, al contrario que Truman, no trae bajo el brazo un par de bombas atómicas, sino algo desconocido en el derecho internacional y que él ha bautizado con el nombre de «talante». No quiere desaprovechar la oportunidad de pasar a los libros de Historia. A base de codazos y genuflexiones, más o menos públicas, se ha hecho un hueco en la mesa de Washington y ha conseguido salir en la foto. En esa foto ya no aparecerá un señor bajito, de pelo oscuro y peleón. Zapatero (sería injusto negarlo) habrá conseguido cambiar la mentalidad del mundo respecto de los españoles y que arrastrábamos desde la película «vacaciones en Roma» de William Wyler (1953). Zapatero con su metro noventa, ojos azules y cabello rubio ha conseguido redifinir ese antiguo concepto de español, «un hombre de pelo negro, bigotudo y gritón, cuya estatura media es inferior a la altura del ombligo de Audrey Hepburn». Ahora ya podemos dormir tranquilos sabiendo, que con Zapataro, y gracias a la foto en la que él aparecerá, se ha cumplido plenamente ese axioma de Jean Markale que decía que «L’Europe c’est l’heritière des celtes» (1).
Vamos, lo mismito que Harry S. Truman.
Notas:
(1) Europa es la herencia de los celtas.
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