Con el abominable asesinato de Gadafi muchos líderes del mundo, que antes estrechaban su mano, han comenzando a renegarle. Otros, sin llegar a ese incongruente extremo, han buscado pretextos más o menos razonables: que si el bien público, que si contenía al terrorismo internacional (que antes él mismo azuzaba) o que si más vale malo conocido. Todos esos líderes echarían en falta esa institución romana llamada «damnatio memoriae», probablemente la peor pena a la que se podía condenar a una persona, y que consistía en borrar todo rastro físico y documental que la recordara, incluyendo archivos, estatuas, monedas allá donde se encontraran.

Esta medida, normalmente reservada a emperadores, se aplicaba en muy pocas ocasiones porque era muy cara. Después de ajusticiarlos sumariamente, se ejecutaba la «damnatio memoriae». En la decadencia del Imperio, y ante la escasez de recursos en las arcas públicos, los romanos, que eran muy prácticos, pronto adaptaron la condena a tiempos de carestía. En vez de sustituir íntegramente estatuas, que era un dispendio intolerable, decidieron aplicarles el método «gamba», es decir, aprovechar todo el monumento a excepción de la cabeza que era sesgada colocándose en su lugar la del nuevo emperador. Pero no nos engañemos. Si en la actualidad un ciudadano de Wisconsin no sabría reconocer a Zapatero, pese a ostentar, junto al Presidente Obama, el coliderazgo del planeta durante seis meses, poco iba a saber un ciudadano romano de Mesia, del Ilírico o del lejano Ponto, hacia el siglo III o IV d.C., del aspecto que tendría el nuevo emperador cuando tampoco habían visto, por fotografías o por internet, a ninguno de los precedentes. No es de extrañar, que la damnatio memoriae se fuera abreviando, y en sus últimos años los romanos, más pendientes de defenderse de los bárbaros que de otra cosa, optaran por dejar las estatuas de los condenados tal y como estaban conformándose con cambiar el nombre del emperador al que se habían dedicado.

A muchos de esos líderes mundiales actuales les hubiera encantado que un Tribunal Internacional hubiera condenado a Gadafi a semejante pena, pues desapareciendo el libio de las hemerotecas y de los libros de Historia se ahorrarían muchas explicaciones. El problema es que con la propagación de imágenes, entrevistas y artículos a través de Internet sospecho que eso es una empresa harto complicada. Por lo pronto tendríamos que descabezar todas las imágenes del dictador y colocarles otras cabezas no abominadas lo que no es tarea fácil ni siquiera con el photoshop.
De todas formas, ya es tarde. Muerto el reo se extinguió la pena, aunque siempre les quedará el alivio de conocer la extrema fragilidad de la memoria colectiva que dentro de unos años pensará que aquel señor con traje blanco nuclear y capa negra que aparecía entre diversos líderes mundiales era la soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa al finalizar una representación de Casta Diva de Bellini; que el señor con chilaba aúrea que aparecía al lado de Aznar y un caballo, era Ana Botella celebrando las bodas de oro; que el individuo que aparecía al lado de Zapatero departiendo amigablemente en la Moncloa era en realidad Marujita Díaz después de recibir del Gobierno la medalla al Mérito Artítistico; y el señor que aparecía junto a Marujita Díaz no era Zapatero, sino Mister Bean que junto con la folclórica habían organizado un montaje para salir en Sávame de Luxe, con lo que la pista del dictador se habría perdido para siempre, sepultada bajo toneladas de basura televisiva.



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