Me hizo gracia la gracia de Sabina. Me lo imaginé diciéndola -en el mejor de los casos- entre trago y trago de un vaso de whisky: «Placido Domingo me hace vomitar cuando canta tangos. Y a veces cuando no los canta, también».
Sabina es como un anciano enfermo de alzheimer o un niño de pocos años: podemos perdonarle cualquier exabrupto. Es un privilegio propio de incapaces, bienaventurados, pillos, rufianes o chulos divertidos como los de la aristocracia del barrio de Serrat. Lo admito. Sabina me cae bien y encima tiene talento. Cantar no canta pero es hábil con la estilográfica, y hasta aporrea la guitarra con cierto compás, como hacen los artistas callejeros del metro. Algunos de ellos se disfrazan como hacen con Plácido.
El tenor madrileño jamás desaprovecha una ocasión para mudarse la piel. Lo mismo le pintan el pelo, con extensiones, de rubio rojizo e interpreta a un Lohengrin septuagenario -seguramente Wagner pensó en el héroe germánico como un doncel veinteañero y atlético-, que lo visten de Duque de Mantua, apuesto e infiel, que lo joroban y deforman para hacer de Rigoletto. Siempre me ha asombrado el mundo operístico. Luciano Pavarotti, con 60 años, hizo de Romeo en la obra de Bellini y Julieta fue interpretada por Joan Sutherland, ambos con exceso de arrobas y lorzas. Había que democratizar la ópera a toda costa, no sólo haciéndola accesible al pueblo sino también a los intérpretes. Todos podríamos ver suculentas producciones a cambio de que cualquier cantante pudiera interpretar a cualquier personaje, animal o cosa.
En el vestíbulo de la ópera de Budapest mi amigo Tibor me comentó que el grupo de americanos de nuestra izquierda pertenecía a una sociedad operística que viajaba a diversas capitales del mundo para asistir a representaciones escogidas. Eso era una forma cuántica de democracia: coincidir en la mismas coordenadas del espacio y el tiempo unos descendientes de esclavistas del viejo sur con treintañeros de medio pelo recién apeados de un vuelo low cost.
Plácido comprendió pronto que quienes le daban de comer algo más que filetes del mercadona no eran las viejas viudas abonadas el Royal Albert Hall sino los empleados de banca, que buscaban conversación fácil para endosarte un plan de pensiones, y las amas de casa americanas que adjetivaban sus canciones en inglés como «lovely». Gracias a Plácido millones de americanos supieron donde estaba Méjico, pese a que él se empeñara en explicarles, en los Late Night de la época, que era español. A él le debemos versiones tan discutidas como el «Yesterday» de los Beatles, dúos con figuras del momento como John Denver, e incluso el himno del mundial de fútbol de 1982.
«He studied piano and conducting at the National Conservatory of Music» -sigo leyendo en la Encyclopædia Britannica. Y es que Plácido no era como esos tenores italianos que descubrieron su talento moldeando masas en la trattoria familiar. Él era un músico integral, de cuna y sangre azul, ideal para esos papeles heroícos que siempre le entusiasmaron: un Otello desbordante y sufridos guerreros germanos que se hacían oir entre la trepidante música de Wagner. Todo ello sin despilfarrar un solo Do de pecho, nota que jamás alcanzó, como el mismo ha reconocido.
No recuerdo haberme emocionado escuchando al Plácido lírico, pero sí en una de esas canciones lights que grabaría hacia los años 80 en Estados Unidos. En concreto esa pieza extraida de la película «Al Este del Edén» titulada «An American Hymn». Aquí se la dejo:
I have seen a summer day
that slowly opens like a rose
along a quiet road that wanders by
And I have smiled and wonder’d
Where it goesI have stumbled through the night
Alone as any man can be
Then found a silent canyon full of stars
And in my heart I heard them telling me
I was homeThe gentle winds, the rains that fall
The tallest trees, and I’m part of it all
I’ve seen the silver mountain tops
And golden prairies on my way
Now everywhere I go across the land
I stand so proudly in the sun and say
I am homeI’ve dreamed of eden all my life
I find it more and more each day
Now everywhere I go across the land
I stand so proudly in the sun and say
I am home
Deja un comentario